Yuval Noah Harari, un historiador y escritor israelí, en su libro Sapiens: de animales a dioses nos relata la clave del desarrollo de nuestra especie. Argumenta que los humanos son quizás los seres más poderos del mundo, gracias a su capacidad para cooperar de forma flexible con otros humanos. En realidad, según afirma Harari, “nuestra especie no tiene ningún rasgo especial, físicamente nuestros antepasados eran inferiores a otros animales y de haberse cumplido al pie de la letra la teoría de la selección natural planteada por
Darwin, no habríamos sobrevivido”. Sin embargo, después de 70.000 años hoy controlamos la tierra. El rasgo que marcó una diferencia significativa en nuestro futuro como especie, fue el desarrollo del lenguaje y el valor que le otorgamos a la construcción de historias compartidas. El lenguaje, más precisamente la comunicación, nos permitió diseñar una asignación de valores efectiva, que fue la base fundamental para hacer posible el trabajo cooperativo a gran escala que nos distingue.

A diferencia de otras especies, como seres humanos usamos el lenguaje no solo para describir nuestro entorno, o la realidad que nos rodea. A través de las palabras hemos sido capaces de imaginar y divulgar relatos que han generado nuevas realidades y formas de entender el mundo. Esa característica tan inherente al ser humano es la que nos ha permitido desarrollar sistemas políticos como los que siguen vigentes hoy. Justamente por eso, se hace fácil entender por qué a lo largo de la historia, en lo que se refiere a la actividad política, se le haya otorgado un gran valor a la capacidad de oratoria. La política estaría incompleta sin la comunicación, el buen uso de las palabras es el ingrediente clave en la relación de un político con los ciudadanos. Sin las palabras, la política estaría fuera de contexto y no tendría sentido para muchos de nosotros. Esa es la razón fundamental para que muchos expertos en política y en comunicación les otorguen una gran importancia a los discursos. Las palabras pronunciadas por cada político, aunque preparadas muchas veces por expertos redactores de discursos, trazan una línea de pensamiento, una visión de sociedad. Cada discurso se prepara a la medida del orador. Sin embargo, para que un discurso adquiera la característica de extraordinario, más allá de los párrafos bien construidos y el uso de recursos retóricos como las metáforas, hipérboles o paradojas, debe ser capaz de generar emoción. Lograr este cometido resulta cada vez más difícil. Los políticos y los profesionales en comunicación y marketing político se enfrentan ahora a ciudadanos incrédulos, cansados, hartos de la política, que en muchos casos no se sienten identificados con quienes los gobiernan. Esa característica innata al ser humano que nos convirtió en una especie superior se está perdiendo. Resulta cada vez más difícil construir un relato coherente y verosímil que logré fomentar la unión y el trabajo colectivo.

Es por eso quizás que está comenzando a tomar fuerza la idea, entre los expertos de la comunicación política, que es momento de “innovar” y aprender a utilizar otros recursos de la comunicación para revindicar el valor de las palabras. Es posible que debamos empezar a limitar su uso para seguir evolucionando como especie. En estos tiempos de sobreexposición permanente, debemos empezar a aceptar la idea de que, en algunos momentos, gestionar estratégicamente la comunicación puede ser sinónimo de callar.

Callar significa tomar el tiempo necesario para escuchar y analizar el contexto. Un buen político no necesita muchas palabras para generar emoción, para motivar a su audiencia. Manejar asertivamente la comunicación se trata más de la calidad de lo que decimos, que de la cantidad de palabras que utilizamos. Desafortunadamente callar no es nuestro fuerte, porque somos seres con voz, seres esencialmente sociales. De allí que Aristóteles definiera al hombre como un zoon politikon caracterizado por sus relaciones sociopolíticas. Es preciso que manejemos el don de la prudencia, a veces es bueno y necesario callar, sobretodo en el ámbito del poder.

En Colombia muchos de nuestros políticos deberían ser capaces de dominar el uso del silencio. El silencio cuando se gestiona efectivamente, está asociado a valores positivos como la prudencia y la reflexión. Es importante reconocer que tanto las palabras como los silencios tienen un papel simbólico, ya decía Confucio que “el silencio es un amigo que jamás traiciona”, ojalá algunos de nuestros gobernantes aplicaran esta máxima.